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LILAS PARA TODOS

21 May

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El sábado por la mañana decidimos ir al entierro de Daniela.El día era lluvioso, gris y tan plomizo que el cielo parecía un manto dispuesto a caer sobre nosotros.  Nos acercamos con un ramillete de lilas recién cortadas en las riberas del río. Eran las once y el funeral estaba a punto de comenzar. Había hombres y sobre todo mujeres de su condición que vestían como ella, con sombreros algo estrafalarios y  pañuelos, muchos pañuelos. Familiares recién llegados de viaje, con prisa por regresar a casa,y algún que otro vecino; casi todos viejos, marchitos, cansados, y probablemente expertos en adioses y despedidas.

Sacudía las gotas de mi chaqueta cuando  me  pregunté si los empleados del tanatorio habrían sido capaces de borrar de su cara el espanto. Ese espanto del que no acierta a creer que es real ese machete que se precipita sobre su pecho. Durante la misa, ignoro qué idea se fijó en la mente de mi hermano, pues  justo en el momento de dar la paz, se levantó, se acercó al ataud, y como una caricia lo recorrió  con su mano derecha, y con la izquierda, depositó el  ramito de lilas.

Nuestro barrio era  una isla en el océano de la ciudad, un universo lleno de matices. Desde mi corta edad yo lo sentía alegre, bullicioso y familiar. En los patios interiores resonaban ecos de copla, risas-y segun mi madre- pesares y silencios…  La gente vivía de sus pequeños negocios y casi todos nos conocíamos. Allí , en la calle, pasábamos un tiempo mágico,  hasta que las luces de las farolas marcaban el regreso a casa y la caída de la noche. En ese espacio de sueños, recreo y travesuras conocí a alguno de los  personajes que  más huella me han dejado. Más por lo que yo imaginaba que por lo que realmente  eran, pues en su mirada,  pude descubrir  las tinieblas de su existencia.

La señora Daniela era una de ellas.  Vivía entre Predicadores y las Armas en un caserón sombrío, destartalado  y húmedo. Cuando iba a la compra, emperifollada como para una fiesta, su imagen parecía no querer  renunciar ni a su juventud, ni a un supuesto  pasado de vedette. Para nosotros, de niños,  era como una estrella errante desprendida de algún remoto firmamento. Recuerdo la primera vez que visitamos su casa: jugábamos en la plaza, cuando  nuestra pelota quedo colgada en su balcón  tras romper uno de sus cristales. En lugar de ponerse gritar y lanzar insultos, nos invito a subir, su dulzura y comprensión nos desarmó, y a partir de aquel momento dejo de ser una vieja estrafalaria y grotesca  para convertirse en alguien entrañable y cercano.

Por otro lado y siempre envuelto en un alo de misterio estaba un hombre no demasiado joven, pero si guapo, silencioso y escurridizo. Apareció en el barrio de repente, sin enterarnos. El pelo hecho una greña,  barba de varios días, ropa gastada, no acorde con sus medidas, demasiado grande para su cuerpo. Pasaba el tiempo apoyado  en la barra del Marques, una tasca de la calle de San Pablo. Le llamábamos el Extranjero porque tenía cara de fugitivo, imaginábamos que llegaba con pasaportes falsos, burlando fronteras y huyendo de países lejanos. Nunca nos atrevimos a dirigirle la palabra, pero el representaba la posibilidad de una vida distinta, llena de aventuras, de sueños locos y veloces.

En nuestro barrio, como en cualquier otro las noticias volaban como el viento. Y  desde San Pablo a Predicadores fuimos con  toda prisa a comprobar, esperando que no fuera cierto, lo que toda la mañana andaba corriendo de boca en boca. Cuando llegamos la triste realidad se presento ante nuestros ojos. Un precinto policial clausuraba la puerta de la señora Daniela. Una banda roja impedía acercarse. Todos, vecinos y  clientes  del Marques señalaban el Extranjero como el autor del asesinato. No lo podíamos creer, el ídolo hecho añicos. La decepción y tristeza nos dejo abatidos durante días.

Más tarde, nos enteramos que nuestro misterioso hombre, nuestro héroe, no pasaba de ser un  enfermo, un esquizofrénico de mente insondable. Soldado americano, que durante años vivió inmerso en el sufrimiento y horror de  la trágica guerra vietnamita, a su regreso arrastraba la sombra del que fue,  ajeno a  si mismo,  parece ser que lo único que no pudo  olvidar que hay  mil formas de morir y de matar, y la sutil frontera que separa la vida de la muerte.