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LOS DÍAS

31 Oct

Día tras día esperaba la visita de Martín. Las risas, la complicidad y las confidencias que compartíamos hacían que me olvidara de mi pierna derecha, más corta que la izquierda tras el desgraciado ataque de polio que sufrí a los tres años. Con su presencia vivía entre una nube de  algodón y una incauta felicidad. Mi única preocupación era tratar de esconder la atracción secreta que sentía por él, respecto a la cual no dejaba de albergar algunas esperanzas.

La noticia de su compromiso con mi hermana Teresa me llenó de tristeza. Martín, me lo comunicó una de esas tardes que pasábamos en la sala , al final del largo pasillo, y que yo utilizaba como estudio para mis diseños y trabajos manuales.

He pedido la mano de Teresa-me dijo-.Su voz sonó oscura, sombría. Retoqué el tapete de la mesa, desvié la mirada y fingí una alegría que estaba lejos de sentir.

Aquella noche, encerrada en mi habitación, la pasé ahogada en un pozo de tristeza y con el sentimiento de haberlo perdido todo.

Al día siguiente, durante el desayuno me lo contó Teresa. La boda se celebraría en primavera; guardé  mis sentimientos, escondí mi corazón y le propuse ayudarla con los preparativos.

La vida en mi familia estaba lejos de lo que cualquiera desearía tener. Mi padre, hombre retraído y esquivo habitaba un mundo inaccesible y lejano. En cuanto a mi madre y mis dos hermanas, Felisa y Teresa, tenían una intensa vida social de fiestas, cines teatros y otros eventos a los que raramente me invitaban, y  si lo hacían era de una manera fingida, nada sincera.  Yo, me sentía como la pieza de un puzzle equivocado. Únicamente en mi cuarto-taller, entre mis cosas, era capaz de olvidar las humillaciones y desprecios de que era objeto. De modo que los días eran tan largos como sólo podía hacerlos la desesperación. Con frecuencia me sentaba tras los cristales, y mi cabeza se llenaba de cientos de recuerdos, olvidos, mezquindades ternuras, deseos…Y al fin, sin buscarlo mis pensamientos y mis ojos se perdían en los trinos agudos y despiadados de los pájaros, despiertos desde hacía horas como yo, en la torre mudéjar de la iglesia, en la  castañera en invierno, en la garita verde la ONCE en la marquesina del bus, en el trampantojo del la Zaragoza de 1800. Y así pasaban los días y las estaciones y la joven del perro sin pedigrí y la mujer enlutada amiga de las palomas y el platanero solitario resistiendo la sed y los azotes del viento. Indiferente, la Naturaleza seguía su ritmo, mientras llegaba la primavera y el enlace de Martín con mi hermana Teresa.