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SABOR A FRACASO

18 Abr

Todas las mañanas miraba el buzón de correos, pero nunca llegó una  carta de Rocío. No habrá tenido tiempo se decía. Él no ignoraba que era una manera de engañarse a si mismo,  y no sabría distinguir si ese pensamiento lo utilizaba para aliviar su decepción o para calmar su orgullo herido.

Martín, está casado, tiene tres hijos y a pesar de sus cincuenta y dos años, sigue conservando gran parte de su atractivo: moreno, en cualquier época del año, aspecto de cuidado desaliño, y siempre con la seguridad y el aplomo del que sabe que le rodean una serie de circunstancias que cotizan al alza, que el pavimento está diseñado a su medida y que nunca perderá pie. Pertenece a un elitísta club de golf que aprovecha para cultivar relaciones y negocios. Es asesor financiero y tiene su despacho muy cerca del Museo Provincial, lugar de trabajo de Rocío, una sevillana de treinta años a la que conoció cuando le quedaban sólo cinco días para acabar un mísero contrato laboral, y regresar a su ciudad. Así pues,  la banda sonora de la película Candilejas sería muy apropiada para enmarcar la breve historia surgida entre los dos.

Un día seco, con sombras en la tierra y sin nubes en el cielo, el Destino  los hizo coincidir en  una de las  cafeterías de la zona  Era lunes,  por la mañana. La hora del café. Martín en un momento distraído,  notó como si alguien la llamase por su nombre,  se giró y allí estaba ella, de pie, apoyada en la barra, dibujando en una libreta, ajena a todo.  El pelo negro, enmarañado, recogido de cualquier manera, la estatura justa,  no esencialmente guapa, pero sí mujer de potentes caderas, y rotunda presencia. Martín recuerda que había algo en su boca y en  las formas de su cuerpo  que lo atraparon,  y no olvida como la miro y la deseó, y tuvo consciencia al instante de todas las formas que podría poseerla.

Tropezaron al salir,  con  ese lío que a veces se monta en las puertas, que no se sabe si abren para dentro o para fuera, y así entre disculpas y sonrisas nerviosas,  sus pasos coincidieron de regreso al trabajo.  A partir de aquel momento todos los días a eso de las once desayunaban juntos. Algo  inquietos  y  torpes no  conseguían  lograr el punto exacto  donde hallarse relajados. El sábado, último día de Roció en la ciudad, comieron en un restaurante cercano a la estación  La rigidez y la falta de naturalidad de las mañanas no dejaron de estar presentes.Sin duda  sus afanes no coincidían, sus caminos eran  opuestos, o tal vez usaban conceptos distintos para nombrar las mismas cosas.

La salida del Ave Zaragoza-Sevilla estaba prevista a  las seis de la tarde,  ya casi a punto de despedirse,  Roció volvía a sujetarse el  pelo con un prendedor, y su mirada suspendida en el vació,  parecía buscar una idea que  diera sentido a todo aquello, y justo en ese momento,  Martín,  dejándose llevar,  dominado, por el deseo casí irracional de olvidarse de él y de perderse en ella,  le pidió un teléfono, un lugar,  algo,  cualquier espacio donde poder encontrarla.  Ella  le puso en la mano una nota con el número de su móvil, y él argumentando romanticismo y nostalgia de los tiempos  epistolares le dió la dirección de su despacho.

Han trascurrido dos meses sin noticias de Roció y  su teléfono tampoco responde. Martín  sabe que  su imagen  con el tiempo acabara emborronada como un dibujo en la arena,  pero el gesto de mirar cada día en el buzón ha pasado a formar parte de su rutina diaria. Esa rutina que a veces odia y que tanto lo protege.

LOS ZAPATOS IZQUIERDOS

31 Oct

Era el atardecer, ese momento en que la luz adquiere un color entre dorado y naranja. Yo le llamo momento naranja. Estos meses suele coincidir entre las siete y las ocho de la tarde. Pues bien. A esa hora salí camino de la Plaza de los Sitios cercana a mi casa. Acudo con frecuencia a  disfrutar de los primeros rayos de sol en primavera y de los últimos en otoño.

 Partiendo de  la Plaza de S. Miguel con su hermosa iglesia mudéjar del  siglo  XIV,  seguí unos metros por la calle del mismo nombre, e inmediatamente giré a la izquierda, para continuar por Allué Salvador – siempre elijo ese camino para curiosear y deleitarme con la tienda-galería «Por amor al arte»- dejé a mi espalda la  Casa Taller de Arte Cristiano Hermanos  Albareda en estado de semi-abandono, proyectada por Teodoro Ríos en 1939 

 Avancé por la calle   Balmes entre los laterales de dos edificios importantes: A la izquierda  la Escuela de Artes Aplicadas, obra del arquitecto Felix Navarro  construido en 1908  en conmemoración del Centenario de los Sitios, y a la derecha el  colegio Gascón y Marín  con su chaflán elíptico de estilo neorrenacentista.

Ya en  la Plaza,  busqué un banco  en un lugar  tranquilo y silencioso lejos del bullicio de madres, niños y perros con sus dueños.  Di unas vueltas y localicé uno  que parecía estar esperándome a mí. Efectivamente no esta ocupado, sólo una bolsa en la que podía leerse: “Calzado Artesano El Aristócrata” colgaba de uno de sus extremos. Imaginé que alguien pudo haberla olvidado.

               

Pasó un buen rato, se hacía tarde  y  la susodicha bolsa  seguía allí tirando de mí  como un imán. No pude resistir la curiosidad y la abrí.  Contenía un par de zapatos, color cardenal. Un color entre fucsia, morado y lila. Muy parecidos a los que suele llevar el Papa.   Estaban  sin estrenar y en la etiqueta decía:” hechos a mano”. El ticket de compra  marcaba cuatrocientos cincuenta euros.  Tenían una piel finísima, y estaban perfectamente rematados. Ya era noche cerrada, la plaza quedo desierta y decidí llevármelos. En  casa los miraba y  remiraba,  pues yo les veía algo extraño. Al fin dí con la rareza. Eran los dos del pie izquierdo..

Alguien que no conozca a nadie con una de las dos extremidades  inferiores repetida  pensará  que fue un error del vendedor  entregar los dos zapatos zurdos,  pero yo puedo decir- por muy llamativo que resulte- que tengo un amigo que en más de una ocasión se  levanta con los dos pies izquierdos, y sólo él sabe lo molesto que es. Me contó, que sin el calzado adecuado  al andar no puede evitar inclinarse al lado derecho, y que nunca llaga a donde realmente quiere ir, hasta tal punto le complica la vida  el problema de  los  pies, que un día fue a comprar el periódico y acabo dando la vuelta al mundo.  Mi  amigo nunca se pondría unos zapatos como los que yo me encontré, su estilo es mucho más sencillo, y por eso sé que no son suyos. No obstante, intentaré por todos los medios  encontrar  su dueño, para que sus pasos  vayan  por los caminos que él quiera ir, las  sendas por las  que desee transitar,  y lo conduzcan  a las ítacas que sueñe llegar.

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