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HERMOSA HASTA EN EL CIERZO Y EN EL HAMBRE

27 Mar

Moncayicos, Torredarques (14)

 

 Yo cuento las cosas porque me han pasado a mí,

o porque las he vivido, o porque las he oído.

O más simple todavía: porque tengo a bien ima-

ginármelas. Todo es cuestión de conocer a la

gente, a nuestra gente, a la que, sangrando, vive

y salta dentro de nosotros.

       Lauro Olmos.

 

Josefa creció entre panes, cenizas, harinas y levaduras. Espigada, morena, de piernas largas y talle corto, amable y cercana, su risa sonaba como una cascada de monedas de cobre. Cuando se casó con Rosendo , un buen mozo del pueblo vecino, este se convirtió ipso facto en el hornero consorte. 

Justo en las Cuatro Esquinas, entre la Plaza Baja y la Plaza Alta,una calle umbría, que sólo recibía un sol tímido bien entrado el mes de abril, estaba el horno del pueblo. En la pala de madera apenas si cabían cinco panes, tres o cuatro roscones o una bandeja de magdalenas. Dependiendo. El mango era tan largo que dividía el espacio en dos. A un lado cinco tableros adosados a la pared, y al otro, una mesa con patas de tijera sujeta a una columna de cemento que soportaba un calendario pringoso. Si mirabas de frente, en el rincón de la izquierda se amontonaba leña seca, cuerdas de esparto y restos de ceniza. Y en el de la derecha algunos sacos de harina. El suelo era de losetas de piedra, y del techo renegrido colgaban dos bombillas desnudas . Carecía de ventanas y durante el día recibía la luz gracias a la puerta de la calle acristalada en la mitad superior. 

Cada quince o veinte días el canto del gallo hacía de despertador y la rutina, lo cotidiano y hasta la desesperación más rabiosa quedaban en suspenso. Únicamente  la lumbre. La lumbre en invierno para que no se congelara el aliento. Hacer el pan era una tarea que entre unas cosas y otras ocupaba casi una jornada completa. Toda la maña y parte de la tarde: Preparar la levadura , ligar la masa , llevarla a cocer y esperar. Esperar a que el horno alcanzara la temperatura adecuada, las hogazas ,separadas como colmenas entre los maseros, cogieran al punto necesario y las magdalenas la textura idónea; entre tanto, la cháchara no cesaba. Unas veces era la urgencia de rogativas para implorar la lluvia, otras la magia de los objetos y sus extrañas resonancias, algunas los aullidos del cierzo y muchas se hablaba para no decir nada, en ocasiones, sin saber por qué,  surgia la risa,  una risa desatada, para ocultar las heridas más profundas y las penas más grandes. Todas mujeres. Mujeres y niños con mocos, alpargatas rotas y jerséis pardos de lana vieja, tejida, retejida y vuelta a tejer.

Sólo un hombre, Rosendo, el marido de Josefa. Serio, reservado, taciturno a veces.  Sus silencios flotaban como pegajosas telas de araña en medio de aquella desconcertada algarabía, tan parco en palabras que únicamente asentía o negaba con la cabeza. Nada más. Las malas lenguas aseguraban que, el único voto comunista sacado de las urnas en las elecciones democráticas de mil novecientos setenta y siete solamente podía ser suyo. Sin embargo, en esto como en cualquier otro asunto él siempre mostró una actitud de indiferencia ensimismada de luces y sombras. Centrado en su particular espacio, frente a la boca del horno, con los ojos semicerrados se perdía lejos, lejos del tiempo y del lugar. Acompañaba con todo su cuerpo el movimiento de la pala, disponiendo las porciones de masa sobre las ardientes piedras o sacando panes crujientes y dorados, mientras zurcía historias y recuerdos, apuntalaba sueños gastados, casi en el olvido, y ponía diques de contención a la juventud que se alejaba, de puntillas y sin permiso. En ocasiones, sin   pudor  y como si nadie estuviera presente, dejaba escapar coplas que tal vez, en algún momento, quedaron pegadas a su piel o le arañaron el corazón.

Pero los días, como pájaros abatidos con silenciador, fueron cayendo inocentes y traicioneros del calendario y el tiempo, aquel tiempo de palabras sofocadas y de viajes a ninguna parte impuso sus propias leyes y escribió, en los rostros de Rosendo y Josefa, su genuina y singular caligrafía. De sopetón, como una centella blanca que se presenta sin previo aviso, advirtieron sorprendidos que se les había esfumado casi todo y que no les quedaba casi nada, y en lugar de sentarse al sol a escuchar el rumor de silencio, decidieron pasar a formar parte de las caravanas de jubilados. Recorrieron la Península de norte a sur, de este a oeste, y entre madrugones imposibles, buffets  libres, y autobuses rechinantes, bailaron pasodobles y tangos arrastrados de Gardel.

Lucas, el hijo mayor heredó el negocio. Y aunque las sombras se alargaban en el mismo ángulo, las cerezas de junio tenían los mismos colores y el sol salía por el mismo sitio, decidió adaptar las viejas instalaciones a los nuevos conceptos que poco a poco se fueron imponiendo. Todas las mañanas ofrecía pan recién hecho, tierno y crujiente. El ritual de hacer la masa cada quince o veinte días, junto con los enseres propios de la tarea  corrieron a  ovillarse en un rincón de la  memoria. Hasta el canto del gallo madrugador dejo de tener interés porque ya no era preciso espantar el sueño, la pereza o la desgana al despuntar el día. Así de esta manera, traído por azares que nadie pudo prever, el horno se convirtió en panadería y el hornero en panadero, pero el tiempo que no se detiene alcanzó a Lucas, como alcanza a todo y hace doce meses que la puerta acristalada  se cerró definitivamente.

Desde entonces, ni la calle ni las casas huelen  a pan recién horneado. Nadie sabría señalar la fecha exacta en que enmudecieron las ranas, el cuco, las cigarras, y los grillos. El río, el Aguasvivas, renunció al honor de su nombre ante al salvaje asalto de matorrales, zarzas, arbustos y maleza, y de la Fuente de la Salud hace años que dejó de brotar el agua milagrosa . Sólo queda el viento asustado, y una tierra estéril bajo un cielo siempre raso y sereno.