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POR VOSOTROS II

10 Dic
 

Continúo  con la polémica  de los trasplantes, con la intención de responder al comentario de Mila a mi anterior entrada de “Por Vosotros”

He buscado en Internet y no he logrado escuchar ni leer la entrevista completa al Dr. Josep María Caralps.  Copio y pego lo que he encontrado.

Entrevista a Josep Maria Caralps: «Un corazón nuevo te puede cambiar la orientación sexual»

Mañana es el día mundial del corazón, una bomba que late 100.000 veces cada día. Entrevistamos a uno de los mayores especialistas en cirugía cardiaca de España: El Dr. Josep Maria Caralps, que hizo el primer trasplante de corazón en nuestro país. Nos cuenta historias realmente emocionantes y sorprendentes, por ejemplo, cómo le trasplantó el corazón a una mujer casada y con hijos que tras la operación cambió su orientación sexual por las mujeres. El Dr. Caralps ha hecho más de 100 trasplantes de corazón

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Os invito a leer los comentarios que hacen los internautas  sobre la entrevista. Comentarios bastante más sensatos, juiciosos y equilibrados que los que expone este eminente doctor.

Desconozco la trayectoria de este señor. Estoy segura que habrá puesto todo su empeño en hacer bien su trabajo y que  en el ejercicio de su profesión ha mejorado la vida de muchas personas. De esto no me cabe la menor duda; pero ser un buen cirujano no es sinónimo de gran  sabiduría ni de suprema inteligencia  ni de destacado  talento. En mi opinión, para ejercer la tarea con éxito, solo es necesario un buen conocimiento anatomofisiológico y unas manos habilidosas, que no todo el mundo posee. Sin embargo, otras especialidades, dentro de la medicina,  aparte de lo señalado  es importante el concurso de la intuición, la observación, la reflexión etc.   Así  pues, visto lo que es capaz de afirmar el mestro, no estaría de más,  que  se dedicase  a componer los cuerpos, que de las ideas, los pensamientos, las inclinaciones  y las creencias  ya se ocupara cada cual de las suyas.

 Además no quiero dejar de apuntar para todos aquellos, que hablan por hablar sobre temas tan serios y dolorosos,  que  cuando se está calentito es cómodo especular y hasta frivolizar acerca de los que están a la intemperie, de manera que mejor que la mía prefiero que suene  la voz de Juan Gracia Armendáriz, alta,  y con eco tan grande que ahogue palabras innecesarias.  Juan  habla  desde el corazón y  la vida. Sus  palabras sí que están  apoyadas en  verdades incuestionables.

Día ciento setenta y ocho.

Las plagas llegan y se van. A veces vuelan langostas bíblicas y se abalanzan sobre los más débiles.   Huelen la debilidad y su zumbido de tormenta de arena recorre el espacio de la sala de hemodiálisis, se posan sobre los dializadores, revolotean sobre cada uno de nosotros, aunque a ciencia cierta, con la intuición colectiva y un poco terrorífica de las plagas, las langostas saben, antes de llegar, sobre quien deben posarse. La   muerte se pasea por la sala y se anuncia con el batir de miles de pequeñas alas.

Día ciento ochenta y cuatro.

Ahora que el dolor ha pasado, puedo escribir lo siguiente: El dolor es un turbión de  sangre que clama, un astro de luz negra que puja en la superficie de la piel, el bucle de un alarido en los valles más recónditos del cuerpo como el rumor que se acerca, amenazante, de una manada en estampida. El dolor es una isla que encierra al hombre en la humillación de la carne, en la pulsión del barro, en la rebelión de los cuchillos. Cuerpo del hombre replegado que en su habitación lucha a solas con el tigre, destierro del silencio, añoranza de la piedra inmutable, del árbol quieto en la tarde de los siglos, en cuyas ramas se posan pájaros con el ala rota. Pero ahora nada hay más allá del recinto que la fiera recorre sin tregua, y en el rostro del hombre dolido hay nudos, astillas renovadas, flujos que no encuentran la salida y lentas deflagraciones como globos de luz, goteo de cáliz donde beben los perros negros que no aman la luna, mientras el hombre clama que alguien detenga tanto desprendimiento, que alguien extienda la mano hasta el fondo de la trampa biológica donde el barro acaso es la materia más humilde de la resurrección.