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EL OLOR DULZÓN DE LA NOSTALGIA

13 Oct

gabriel pacheco

Soy un perro, un gran danés, me llamo Nemo y desde hace cuatro años vivo en un lujoso apartamento en el centro de la ciudad junto a Bosco, un codiciado soltero de cincuenta años bien llevados según sus amigos, y según mi sencilla opinión remolcados como Dios la da a entender. Bosco ocupa sus días trasegando el inmenso patrimonio heredado de su familia. Ama las corridas de toros, la gustan los caramelos de fresa y la apasionan las almendras amargas. Todas las tardes juega al pádel. Todas. Sus amantes son tan iguales que apenas si puedo distinguir unas de otras. A veces parece que es feliz.

Yo sé ladrar a ritmo de jazz, de jota y de Salve Rociera, pieza predilecta de mi dueño, también puedo transportar como muchos de mis hermanos diversos objetos con la boca y camino a la perfección erguido sobre mis dos patas traseras. Son incontables las habilidades que tras una disciplina cuartelaría he sido capaz de desarrollar. Ya tengo una edad y como todos los viejos durante el día sufro ataques repentinos de sueño que intento dominar pero, que raras veces lo consigo. Así pues, las noches suelen ser  blancas, en ocasiones, en el centro de un duermevela inquieto me atrapa la ensoñación y busco algo que creo perdido,  o entablo debates inútiles, con seres imaginarios, acerca de la felicidad, la desdicha y las apariencias. Otras me pregunto si mañana brillará el sol.

Nunca quise ser perro. Hay quien nos llama los esquiroles del reino animal. Siempre lamiendo la mano del amo, de modo que llevo días rumiando oscuras nostalgias, mientras una superviviente y machacona memoria genética me persigue sin cesar. Hoy de madrugada, tras una noche como las demás, decido sin vacilar, como algo inevitable, poner en práctica lo que desde tiempo atrás vengo maquinando.

Ha sido fácil. El traje gris de Armani, la camisa de Prada y los zapatos Vuitton están en el perchero del hall, al alcance de mi pata derecha. Me visto con ellos. Salgo al salón y me siento en el sofá a esperar. Son las once y media cuando Bosco se presenta dispuesto al paseo matutino. Impoluto: con sus inseparables gafas de sol que ocultan un ojo de cada color,   chándal azul cobalto, zapatillas acordes con el conjunto y pelo de brea engominado. Su sorpresa ha sido mayúscula, tanto, que ha estado a un suspiro de convertirse en estatua de sal. Aprovecho su estupor. Como un relámpago invoco a mis ancestros, al lobo que llevo dentro, me planto delante de él y asiento mis dos patas sobre sus hombros. Sin dificultad coloco el collar a su 1,60 de estatura. Manso y desarmado, entiende que ahora soy yo quien escribe la partitura y quien decide  el final del concierto. Ni una palabra,  Mudo como sólo están los muertos adopta gesto de sumisión perruna, se pone a cuatro patas, le cubro la cabeza con la capucha y en el lomo le pego, en letras recortables color salmón, la palabra presidente. No me pregunten por qué.

En la calle somos el centro de todas las miradas, chanzas, asombro y también comentarios que no logro escuchar con claridad,  únicamente una pareja , que nos cede el paso, concluye  que tal vez, interpretamos una performance, un espectáculo de disfraces, o vete a saber qué. Entre León XIII y Constitución,  tropezamos con un pastor alemán que emite un ronroneo pendenciero que no sabe bien a quién dirigir.

Es una mañana magnífica, la luz suave y dorada anuncia un otoño que se resiste. Llegamos a la Plaza de Los Sitios. Me siento en el banco de siempre y libero a Bosco del ramal. Apocado intenta esconderse, tiro de él y lanzó lejos la pelota. Destrozado por el orgullo sus ojos bicolor me miran suplicantes. No me conmueve. Le ordeno que corra tras ella. Va y vuelve varias veces con un trotecillo cansino. Algunos perros le siguen. Ignoro si nos observan, no me fijo en nadie, imposible, extasiado como estoy con el ir y venir de Bosco, sólo a última hora, casi a punto de marcharnos, un grupo de niños se arremolina en torno nuestro y me lleno de colores, de risas y de gritos.

De regreso Bosco camina lento y cabizbajo pagado a mis piernas. Yo sereno, con una paz beatifica, sé que ese olor dulzón que precede a la añoranza no me perturbara jamás. Son las dos de la tarde. La casa huele a limpio a suelo recién fregado. Dejo caer el collar con indolencia, me arranco la ropa, que me incomoda, y al instante ambos retomamos nuestro papel. Cada uno el suyo: Bosco se da un baño de perfumados aromas y yo, entretanto, estiro mis cuatro patas, me desperezo sobre la alfombra persa he inicio un sinfonía de sordos ladridos a ritmo de jazz.