Archivo | septiembre, 2014

UN BARRIO CON GANCHO

20 Sep

¡Qué no decaiga!
¡Grande la Carrera del Gancho!
Por los que se fueron.
Por los que llegaron.

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SORTILEGIO

1 Sep

 

 

 Lo encontré agazapad0 entre libros viejos y polvorientos. Sabía de su fama, de su  notoriedad y de  que estaba considerada una de las mejores obras del siglo XX, a pesar de todo,   he de admitir que lo abrí con recelo y pocas esperanzas. Era temprano. La casa olía a café recién hecho y a desayuno de domingo. Apoyada en la esquina del sofá comencé la lectura.  Según  avanzaba,  las páginas apergaminadas   se desprendían como los pétalos de una flor seca, como las hojas de los chopos en noviembre, como las alas de una mariposa muerta… Lo dejé encima de la mesa.  Rápidamente  salí y  compré otro, de bolsillo, barato, no más de nueve o diez euros y continúe leyendo. Fascinada.  Leí, y leí sin descanso. Iba y volvía para quedarme en la magia de las palabras. Durante horas,  navegué  unida a los avatares de las criaturas perdidas en el laberinto de su propia averiguación.  Limpié mi memoria .Me olvidé del calor sofocante, del bálsamo del atardecer y de la luna llena. Yo que me embobo mirando la luna.  Así hasta el final.

Alguien dijo que todo hombre presupone que lo que es valioso para él ha de estar a resguardo de los demás, de modo, que   sin esperar el día siguiente,  rebusqué en la pared de los murmullos un sitio de honor, casi sagrado, y negocie con sus hermanos de sangre un hueco para él.  Allí,  entre  Octavio Paz y García Márquez,  lo encontré.

Después,  dormí. Dormí una noche entera y la mitad del día.  El reloj marcaba las doce de la mañana cuando regresé a la realidad, a la vida donde la había dejado, a los límites de mí misma. De repente ,sin señales que lo anunciaran,  en uno de esos» derrepentes» que Juan Rulfo nombra en su novela,  el cielo se puso oscuro y  un vendaval en forma de tormenta huracanada ,volteó las puertas del balcón y las hojas del pequeño libro amarillento huyeron  ágiles, sueltas y vivas hacia la calle.  Cuatro o cinco quedaron  prendidas en la rama de un árbol, otras parecían  dirigirse al campanario de la iglesia y  casi todas  volaron sin rumbo. Sólo quedó un retal deshilachado de no más de seis o siete páginas.  La voz que durante horas  presentí alargada, menuda,  pero insistente, como a veces la lluvia, se materializó de manera inesperada. El libro había hecho su elección.  Cerré las puertas, cesó la corriente y la quietud volvió a la sala.   La tarde quedo seca y gris.   Era 10 de Agosto.

Algunos días salgo a la calle con una de las hojas sueltas y la coloco con cuidado en un lugar visible: Al pie de una farola, la marquesina del bus,  el manillar de una bici… la dejo,  y fantaseo imaginando que alguien lee…

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo, Mi madre me lo dijo, y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera, así empieza el libro y así comencé mi siembra de palabras.

14 de Agosto:Yo sé medir el desconsuelo,don Pedro. Y  esa mujer lo cargaba por kilos. Le ofrecí  cicuenta hectolitros de  maíz para que se olvidara del asunto; pero no los quiso. Entonces le prometí que corregiríamos el daño de algun modo. No se conformo.

-¿ De quién se trataba?

Es gente que no conozco.

No tienes pues por qué apurarte, Fulgor. Esa gente no existe.

18 de agosto:   Hacía tantos años que no alzaba la cara que me olvidé del cielo y aunque lo hubiera hecho, ¿Qué habría ganado? El cielo está tan alto y mis ojos tan sin mirada que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra.

22 de Agosto: Yo veo borrosa la cara de la gente. Y haz que se vayan  ¿ Qué vienen por el dinero de las misas gregorianas? Ella no dejó ningún dinero. Díselos Justina. ¿ Qué no saldrá del Purgatorio si no le rezan esas misas? ¿Quiénes son ellos para hacer la justicia, Justina?

Cuatro días después acabo con  lo que llegué a considerar un compromiso, no sé si con el libro o conmigo misma. El inicio de la última página de Pedro Páramo dice: “ …Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdieron los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara.  No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo trasparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan .

El final :… hizo un intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra.  Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.