Archivo | octubre, 2012

LOS DÍAS

31 Oct

Día tras día esperaba la visita de Martín. Las risas, la complicidad y las confidencias que compartíamos hacían que me olvidara de mi pierna derecha, más corta que la izquierda tras el desgraciado ataque de polio que sufrí a los tres años. Con su presencia vivía entre una nube de  algodón y una incauta felicidad. Mi única preocupación era tratar de esconder la atracción secreta que sentía por él, respecto a la cual no dejaba de albergar algunas esperanzas.

La noticia de su compromiso con mi hermana Teresa me llenó de tristeza. Martín, me lo comunicó una de esas tardes que pasábamos en la sala , al final del largo pasillo, y que yo utilizaba como estudio para mis diseños y trabajos manuales.

He pedido la mano de Teresa-me dijo-.Su voz sonó oscura, sombría. Retoqué el tapete de la mesa, desvié la mirada y fingí una alegría que estaba lejos de sentir.

Aquella noche, encerrada en mi habitación, la pasé ahogada en un pozo de tristeza y con el sentimiento de haberlo perdido todo.

Al día siguiente, durante el desayuno me lo contó Teresa. La boda se celebraría en primavera; guardé  mis sentimientos, escondí mi corazón y le propuse ayudarla con los preparativos.

La vida en mi familia estaba lejos de lo que cualquiera desearía tener. Mi padre, hombre retraído y esquivo habitaba un mundo inaccesible y lejano. En cuanto a mi madre y mis dos hermanas, Felisa y Teresa, tenían una intensa vida social de fiestas, cines teatros y otros eventos a los que raramente me invitaban, y  si lo hacían era de una manera fingida, nada sincera.  Yo, me sentía como la pieza de un puzzle equivocado. Únicamente en mi cuarto-taller, entre mis cosas, era capaz de olvidar las humillaciones y desprecios de que era objeto. De modo que los días eran tan largos como sólo podía hacerlos la desesperación. Con frecuencia me sentaba tras los cristales, y mi cabeza se llenaba de cientos de recuerdos, olvidos, mezquindades ternuras, deseos…Y al fin, sin buscarlo mis pensamientos y mis ojos se perdían en los trinos agudos y despiadados de los pájaros, despiertos desde hacía horas como yo, en la torre mudéjar de la iglesia, en la  castañera en invierno, en la garita verde la ONCE en la marquesina del bus, en el trampantojo del la Zaragoza de 1800. Y así pasaban los días y las estaciones y la joven del perro sin pedigrí y la mujer enlutada amiga de las palomas y el platanero solitario resistiendo la sed y los azotes del viento. Indiferente, la Naturaleza seguía su ritmo, mientras llegaba la primavera y el enlace de Martín con mi hermana Teresa.

AÑO DE GAUDÍ

16 Oct

      

2002. Año de Gaudí.  Aprovecharon que el congreso se celebraba en la Ciudad Condal para visitar parte de la obra del genial artista. Al atardecer la calle olía a calor y sueño. Sus pasos lentos, perezosos y sin rumbo los llevaron al Barrio Gótico. La jornada había sido larga y querían descansar.

Al otro lado de la calle, se escuchó la nota de un clarinete. El eco apenas si duro unos segundos; daba la impresión de que el grupo afinaba los instrumentos antes de iniciar la actuación. Al fin, sonó la música. Ansiosa, urgente, con la urgencia de lo que sólo puede escucharse una vez. Sólo una. Como algo que no puede esperar y que no volverá a ocurrir. Así, que cambiaron rápidamente de acera, siguieron el rastro de la melodía, cruzaron calles y callejas, hasta dar con el cuarteto en la plaza de San Felipe Neri. La iglesia barroca, su fuente octogonal y las casas renacentistas museo de zapateros y caldereros servían de magnífico escenario al improvisado concierto. En uno de los extremos sentada en el suelo, apartada y solitaria, una mujer negra, meciendo a su bebé al son de la música, parecía formar parte de la representación.

Fascinados por el hallazgo buscaron una mesa libre entre turistas, vendedores ambulantes y la pintoresca fauna que animaba la plaza. Pidieron unas cervezas y se dispusieron a disfrutar del momento. Silencios, atentos, siempre buscando el milagro, el chispazo irrepetible y mágico. Pero ninguna de las canciones que escucharon les encogió el corazón como aquel sonido que compartieron una vez, hace años, que los iluminó, los cautivó y que sin poder evitarlo los atrajo como un imán.