Archivo | septiembre, 2012

EL MIRADOR DEL OLVIDO

21 Sep
  
  
La ciencia no nos ha enseñado
aún si la locura es o no lo más sublime
de la inteligencia. 
 
Edgar Allan Poe

     

No podría decir cómo  llegué a aquel lugar. La muerte de mi hijo marcó un tiempo borroso y un abismo insondable se abrió a mis pies. Me  alejé  de todos y de  todo  para evitar  contagiarlos con la enfermedad del  dolor. Cansada de mirar el mundo que parecía estar boca abajo, quise  un espacio impregnado de otros recuerdos,  otras presencias, otras vidas.  Vidas de otros, con la esperanza de que pudieran explicar y sostener  la mía.  Elegí una casa de  principios del  siglo pasado en un pequeño pueblo de la Toscana.  Del exterior  impresionaba la solidez de sus gruesos muros de piedra, fachada de grandes balcones con destacados perfiles  trabajados con cincel, y rematada con un alero de bellamente tallado. Un portón de doble hoja  de madera maciza daba acceso al zaguán,  y una claraboya poliédrica coronaba el final  de una  magnífica  escalera de caracol. Aparte de su estética exterior también se produjo el hechizo cuando recorrí  el interior de lo que fue, no mi hogar,  sino el espacio al que  arrastre una espesa desolación.  Sus techos altos, los suelos con  teselas de colores haciendo dibujos geométricos, salas y antesalas con  restos de antiguos artesonados algo carcomidos   y sobre todo el amplio vestíbulo, con su gran mirador semicircular que unía el suelo con el techo.

En esos días aciagos la desdicha ocupaba el lugar del sueño. No podía pensar, ni con la cabeza ni con el corazón. Ya no los tenía. Mi cuerpo vagaba sonámbulo,  pegado a las paredes  con la esperanza de escuchar  voces remotas,  que me hablaran  con   un lenguaje inventado, que pusiera  nombre a  sucesos que a mi me parecían inexplicables.  Sólo silencio, rabia y odio. Un odio ardiente  rebotando  contra mí, contra el mundo y contra  todo lo que tocaba.   Con el paso de los días  supe que se puede soportar el dolor,  que se puede vivir con dolor, pero continuamente rezaba a todos los dioses  para que tanto la rabia como el odio me abandonaran.

Nada era fácil.  No era fácil dormir ni era fácil estar despierta. Decidí no pisar la calle, pues  yo misma quedé estremecida  cuando el espejo me devolvió una mirada  torva y amenazante. Una mirada, pensé,  que sólo verla la gente huiría a mi paso.

A veces, se produce el milagro y el  bálsamo para las heridas y el olvido  llega de donde menos se espera. Yo  sólo ansiaba  un  instante  de sosiego, un lugar donde posar mis ojos para  que dejaran de mirar el vacío.

Así fue como durante  un tiempo,  el reflejo de una  luz que todas las noches  atravesaba  el cristal  del vestíbulo logró distraerme de  mi locura.- En su inicio lo confundí con el rayo de una tormenta.-  El resplandor  procedía del  otro lado. Una ventana desnuda, y tras ella,  una lámpara antigua,  iluminaba,  como el teatro de la ópera en noche de estreno,  un espacio tenebroso e  inquietante. Al fondo, creí distinguir un cuerpo andrógino flotando en un líquido transparente  dentro de una urna de cristal,  cortinajes mugrientos y deshilachados, paredes anteladas con rastro de polilla, volúmenes difíciles de identificar y  pinturas anatómicas  como diseccionadas por el bisturí de un cirujano. Aquella  atmósfera   me provocaba  una exaltación  ambivalente de la que ni podía ni quería  desprenderme.  Mi obstinado interés se centró especialmente   en un hombre que sentado en un sillón de respaldo alto,  daba la impresión de querer pertenecer a otra época. Vestía una amplia camisa negra, demacrado, casi en los huesos. Un maquillaje blanco resaltaba sus pómulos,  pelo largo y   labios pintados de un rojo intenso,  del color de la sangre. Sólo sus ojos azul pálido como el hielo saltando de un lado a otro igual que un pájaro inquieto, el humo del cigarrillo y las caricias que le prodigaba a aun hermoso gato negro lo hacían real.  De manera que el hueco de la ventana formaba un recuadro que proponía  un escenario turbador, enmarcado como una postal.

Todos los días, como  único objetivo de mi pobre existencia,  aguardaba de  manera obsesiva,  que aquel  destello  rasgara  la negrura de la noche.  Llegado el momento un misterioso  resorte interrumpía  mi duermevela. Me  deslizaba  hasta el vestíbulo, y me tendía a los pies  del  gran ventanal. Sigilosa, fascinada, irremediablemente atraída por el  marco iluminado La prespectiva resultaba tan alucinante y extraña, que se podría pensar que fuera producto de la fiebre o de las drogas.

Al despuntar el alba, con las luces del amanecer, el conjunto de la escena milagrosamente se desvanecía  como cuando en la función del teatro baja el telón.

GUEDITA

3 Sep

 

 

Como todas las noches, Guedita rezó a las almicas del purgatorio para que la despertaran tres suspiros antes del amanecer. Se fue quitando despacio su ropa gris, recosida y algo sucia,  como correspondía a los de su condición, apagó la raquítica palmatoria que alumbraba el cuchitril  y se dejo caer sobre un  camastro, cuyo relleno del colchón  resultaba difícil de adivinar.  Al día siguiente, seis de febrero de mil ochocientos sesenta, era la onomástica de la Señora. Hasta el almuerzo tenía que ir por agua a la fuente para completar las tinajas, lavar una colada, esbandir otra que había dejado el día anterior,  fregar las escaleras y amontonar el carbón  en el cuartucho del sótano.

Doña Dorotea de Monterde,  de unos cincuenta y cinco años,  viuda de Bastidor, era una mujer de grandes virtudes: caritativa con los pobres, compasiva con los débiles,  devota de la Virgen y ferviente salvaguarda de la honorabilidad de su nombre  y del de su difunto esposo; un señor de reconocido prestigio,  comerciante en sedas,  patrono de tafetaneros y pasamaneros,  que le permitió llevar una vida de lujo y relaciones con lo más selecto y distinguido de la ciudad. En cuanto a personal de servicio,  llegó a tener, doncella, cocinera, fregona, lavandera y  cochero. Desaparecido el Sr. Bastidor, tuvo que prescindir,  muy a su pesar, de la doncella y la fregona, y no sólo eso, sino que acogió en condición de pupilaje a Tadeo, un joven estudiante de leyes hijo de una sacrificada  familia de un pueblo de las Cinco Villas.

Guedita nació y vivió en La Almolda hasta los de dieciséis años, de familia ya no digo  humilde, sino pobre, pobre de solemnidad. Era la  menor de ocho hermanos todos varones, y todos, incluidos los progenitores, trabajando para el Sr. Marqués. Ella se encargaba de acarrear agua desde la fuente, dar de comer a las gallinas y demás animales del corral, lavar la lana del esquilo de las ovejas, fregar, abrillantar… Siempre dispuesta para todo aquello que  cualquiera gustase mandar. De manera que  pasaban los días como el vuelo de una paloma, sin momento ni lugar donde  poder    preguntarse  si aquello era así, porque así tenía que ser.

Hay que de decir que  si a alguien se le ocurría mirar más allá de sus andrajos y  desaliño,  se deba de bruces con una hermosa joven, de abundante pelo entre rubio y cobrizo,  grandes ojos dorados,  y  una dulce cara de niña a la que faltaba la definición  rotunda de la mujer adulta.  Fue  el señorito, el hijo del marqués,  quien tras los descosidos  y  remiendos la descubrió    y fue él  quien la miró y la volvió a mirar y no quiso ni pudo evitar encalabrinarse de  la muchacha,  y ella se dejo hacer,  pues ni el instinto, ni el placer,  ni el deseo distinguen entre pobres o ricos, feos o guapos, tuertos o mancos,  y los dos se buscaban  y se perdían el uno en el otro  hasta que Guedita como no podía ser de otra manera  quedó embarazada. Nadie supo jamás de quién era el hijo que llevaba en sus entrañas.

De modo,  que el estigma de la pobreza y la deshonra la llevaron a la ciudad, a casa de Doña Dorotea, prima lejana de la señora marquesa,  que tras  los ruegos, perdones y lamentos  de los padres de la muchacha,  intercedió y pidió a  Dorotea,  Dora para los suyos,  que acogiera en su casa a  aquella perdularia, que no tenia juicio, ni asiento  ni nada de nada.  Le  encomendó sobre todas las cosas,  que una vez se produjera el parto el recién nacido fuera depositado sin demora  en el torno de las Hermanas de la Caridad.

Esa noche  del cinco al seis de febrero, Guedita rezó como todas las noches. El sueño se presentó rebelde, los pensamientos soliviantados, y por primera vez después de tres meses se atrevió a pensar en ella y  en su hijo. Será un niño, se lo decía el corazón.  Un niño libre de la maldición divina del embarazo y  los dolores del parto. Un varón que nunca vivirá lo que a ella la ha tocado vivir.  Se dejaría matar por ver su carita y  porque le dejaran, sólo un  instante, que su piel  rozara con su piel. La certeza de que no será así, de que no  lo conocerá  fue más allá del dolor. No existe palabra  para nombrar lo que la joven sintió con estas cavilaciones.

Llegado a esta punto sólo quería dormir, olvidar, que el tiempo fuera deslizándose como una cinta blanca,  pero el torbellino  de su mente no cesaba. Repasó  los tres meses vividos  lejos de sus padres y hermanos.  Se vio sola, sin arrimo,  proscrita, expulsada de todos y de todo,  únicamente Tadeo reparaba en su  presencia. Tadeo, un chiflado  al que nadie tenía en cuenta y del que todos hacían mofa,  que llegó a la Capital  para estudiar leyes, y en lugar de aplicarse a los códigos  se pasaba el día entre filósofos y poetas, dejando sin provecho el dinero de su esforzada familia.  Extraño, raro,  un chisgarabis, con la cabeza llena de pájaros,  perdiendo el tiempo hablando sin tino de mundos absurdos, que mueven a la risa y sin pizca de  fundamento.

Guedita  a veces atendía su discurso para  no pensar en  ella,  y en ocasiones  se dejaba llevar y hasta  se  permitía acompañarle  en sus quimeras tratando de imaginar, con gran esfuerzo, esa sociedad  idílica, sólo viva en la mente del joven,  en la que no existirían ni gobierno ni gobernados, ni pobres ni ricos, ni amos ni criados sino sólo  ciudadanos iguales en  derechos y deberes.

Y así,  dándole vueltas a la  cantinela de los sueños  locos e imposible de Tadeo, a punto de rayar el alba,  se fue  quedando dormida.