Archivo | junio, 2012

PODEROSA PRESENCIA

26 Jun

Siempre pienso que has sido una equivocación. Un error. Te miro y te veo inmensa para el espacio al que estas destinada. Me pregunto cómo cargué contigo. De eso hace ya tanto tiempo, que no recuerdo de qué manera entraste a formar parte de mí, de mi vida, de mis cosas. Estoy sentada frente a ti y juego a adivinar si realmente fui yo la que te escogió o más bien me deje llevar por el agotamiento y las ganas de dar por concluida la elección, pues si algo me perturba, me desasosiega, y me angustia, es eso: Decidir.

Probablemente, tras una tarde dedicada a optar por una cosa, o por otra, esto sí, esto no, o tal vez, aturdida, con el pensamiento viajando a cualquier lugar y deseando acabar cuanto antes, alguien debió señalarte, y yo asentí por puro aburrimiento. Así pues, no fuiste elegida sino que la inercia y el cansancio te arrastraron hasta aquí. Hasta mi casa.

El salón no es muy grande y te observo con tus alas extendidas ocupándolo todo, imponiendo tu obstinada y silenciosa presencia. Tanto te dejas notar que he de estar vigilante, pues cuando menos lo espero, como si percibieras mi fastidio, mi arrepentimiento y mi desafección me lastimas con tus vértices agudos regalándome unos dolorosos moratones, que tardan días y días en desparecer. Incluso cuando hay invitados, y como si no permitieras que se cuestionase  ni el mínimo detalle de tu aspecto, te sobrada descaro y dominación, para que al más pequeño comentario, dejar constancia de tu existencia tras el ataque con cualquiera de tus aristas.

Eres de vidrio y quisiera que fueses de madera, eres grande y guardarías más armonía siendo pequeña, tus ángulos agudos y destacados perderían insolencia y agresividad si sus formas se tornaran suaves y redondeadas. Tu sinuoso y extraño diseño, hace que resulte difícil encontrar una vestidura a tu medida, y por más que lo intento nada encaja ni se ajusta a tus hechuras. Todo descabalga sobre ti como un andrajo descosido.

Te miro,  y sé,  que si pudieras hablar me lanzarías a la cara miles de reproches, ultrajes, y desprecios. Y puede que no te falte razón, porque al final, todo acaba reposando en ti , en tu superficie, en tu cuerpo, en ocasiones hasta mis pies. Sirves de plataforma tanto para lo más insólito como para lo más cotidiano. Soportas continuamente: tazas, platos, cachivaches útiles e  inútiles, y  también  libros, cuadernos,  música… todos esos universos  que completan mi vida, a los que acudo con frecuencia y de los que no puedo prescindir por su poder de curar y consolar, y por su fuerza para producir momentos de olvido.

Así pues, creo que debería pedirte perdón. Cumples tu función, tu destino, como una mesa que eres, y eso es lo que importa. Lo demás es secundario Y sé que  no tengo ningún derecho para hablarte de ese modo. No tengo derecho.

LA MÚSICA DE OTRAS OLAS

1 Jun

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La inquietud me empuja a la calle y comienzo caminar como una autómata, sin otro objetivo que ahuyentar los insectos que pueblan mi mente. El día es claro, luminoso y el calor sofocante. Paseo sin rumbo, buscando la sombra, dejando de lado este sol abrasador. Ajena a los variados e intensos sonidos que me rodean, me esfuerzo en observar el ambiente y sólo me veo a mí. La parte que no quiero ver y el dilema que me resisto a solventar.

Una frase que escucho al azar, se me clava como un alfiler, me despierta y me devuelve a la realidad: “Alavado sea al Santísimo Sacrmento” La sueltan dos hombres de mediana edad, vestidos con trajes de exquisito corte, pelos engominados, satisfechos y sonrientes, los miro y sin querer pienso en Bruno. Mi marido. La frágil maraña de mis cavilaciones se rompe, y una idea diáfana se instala en mi cabeza: No me separare de él. Primero, porque no le odio y segundo porque no le amo. Sé que Bruno tampoco lo hará, pues conozco su amistosa relación con la hipocresía y además es cobarde. Por mi parte, he decidido hacer la vista gorda, mientras  trato de imaginar el agotador trabajo de equilibrio y piruetas que requiere esconder una doble vida.

Amé a Bruno como una psicópata, con su presencia se borró el mundo, soñaba trascender la piel y rozar su alma con la punta de mis dedos. De manera, que como la imaginación es libre, le adorné de cualidades y misterios que lo alzaron la categoría de un dios.

Nos presentó un amigo común. En aquel momento yo impartía clases en un colegio privado y él trabajaba de médico interino en un ambulatorio dela Seguridad Social.Cuando consiguió una plaza fija, en un hospital de Toledo, abandoné todo y lo seguí. Lo seguí, como un perro sigue su amo, como un robot, cuyo resorte para darle vida estaba en sus manos. Fue un periodo de felicidad extasiada, de arrobo y constante embeleso. Años más tarde, pudimos volver, él como adjunto de neurología y yo a “mis labores”. En aquella época, ya nuestro amor había perdido brillo, como una prenda oscurecida por el tiempo. La convivencia despejó las incógnitas y los misterios se disolvieron cuando la realidad se hospedó en ellos. La rutina, dinamitó el amor y la pasión.

Con el paso de los años, anidó en mí la intuición de que Bruno me engañaba, y la sospecha de que guardias, congresos y viajes no respondían a la realidad. La evidencia se presentó de la manera más tonta. Había ido a visitar a mis padres y regresé una semana antes de lo previsto. Nuestro domicilio, es un cuarto piso que forma parte de una urbanización verde y tranquila al norte de la ciudad. Llegaba alrededor de la cinco de la tarde, revisé la casa y el orden era impecable, perfecto, como si durante esos días hubiera estado deshabitada. Olía a cerrado y flotaba un aire llamativamente espeso. Dejé pasar la luz subiendo las persianas, abrí la ventana de la cocina, me asomé y justo, del tendal de abajo colgaban varias prendas que pertenecían a mi marido. El descubrimiento no me produjo ninguna emoción y mis dudas quedaron disipadas. Llamé a Bruno para decirle que había vuelto. Su voz serena no mostró asombro, ni extrañeza por mi inesperado regreso, y me pidió que le esperase para la cena. Cuando llegó eran las ocho de la tarde, repetimos el protocolo de los besos en la mejilla y la costumbre siguió instalada en nuestra vida.

He de confesar, que en ocasiones lo observo, entre la compasión y la risa, viendo sus titánicos esfuerzos por mantenerse en forma, su lucha contra el tiempo y el ansia que lo vampiriza ante los gélidos pesares de la vejez.

María, la amante de mi marido, vive en el tercero, es una muchacha quince o veinte años menor que él. Alta y rubia, con una piel casi traslúcida, y un cuerpo de líneas débiles y ángulos suaves. Parece ser que se conocieron cuando acudió al hospital con una crisis vertiginosa. Eso es lo que Bruno me dijo, cuando casualmente un día, nos tropezamos con ella en el portal. Desde entonces no la he vuelto a ver.

Así pues, esta mañana que la sentía gastada y anodina, como un más, ha resultado ser determinante para mí. Seguiré junto a Bruno, los dos viviremos frente a frente con nuestro secreto, sin mostrar el póker de ases. Convencida como estoy de que los éxitos dependen de como se perciben los fracaso, he decidido que mi felicidad jamás dependa de respuestas de nadie, y constato que la indiferencia que siento cristaliza en la más gloriosa sensación de libertad.