Archivo | enero, 2012

EL GUARDIÁN DE LOS SECRETOS

31 Ene

En  casa de mi abuela todo eran alcobas. La única habitación monda y lironda sin una antesala delante  era  aquella. La llamábamos el cuarto de atrás, y junto con  una cama camera, una arqueta y una butaca con un tapiz granate, había  una cómoda presidida por el retrato del padre de la madre de mi abuela. El abuelo Nericho. Estaba sentado en una silla de anea con las manos apoyadas en ambas piernas.  Vestía faja, calzón y chaleco negros, medias y camisa blancas, alpargatas, y sujetando la cabeza  algo impreciso entre cachirulo y turbante también de color negro. He de confesar que aquella fotografía me tenía hechizada. Nadie comprendía  mi fascinación. Es más .Un día  mi abuela me dijo: como no dejes esas manías, vas a terminar siendo una destarifada,  pero yo, tozuda como nadie , escogía el momento  en que cada uno andaba  a lo suyo, al menor  descuido y con la viveza de mis seis o siete años, echaba  a correr escaleras arriba, me sentaba en la butaca granate frente al retrato de mi tatarabuelo,  esperando  descubrir  los secretos que guardaba aquel hombre que miraba con seriedad.  Una seriedad que no me asustaba. Al contrario, la sentía extrañamente íntima, cercana y familiar.

Pasaron los años y  mi abuela  determinó  que yo no tenía nada de destarifada, ni de  extraña, ni de extraordinaria,  sino que  me había convertido en una persona de  tediosa formalidad  y tan normal  que si das una patada  salen veintisiete mil  como yo, y digo veintisiete mil por decir algo.  Así pues, tras llegar a  esta conclusión,  una tarde de cierzo endemoniado,  sentadas las dos alrededor de su mesa camilla, mientras ella calcetaba con cuatro agujas, me dijo: cuando yo muera quiero que el retrato del abuelo Nericho venga conmigo,  porque sino ya me lo imagino por ahí tirado sin arrimo ninguno, o bien dando saltos,  rodando  de un lado para  otro con un “aquí caigo, aquí levanto” agotador, sin encontrar aposento ni reposo en ningún lugar.  No me atreví a decirle que lo quería yo, con gusto me hubiera quedado con él,  pero sabido es que lo que quiere uno lo quieren todos, y  que se  puede  montar una  gresca fenomenal por un” quítame allá esas pajas» . Por reforzar el ejemplo diré que  reuniones familiares  han  acabado como el Rosario de la Aurora, sólo porque unos opinaban que el invierno había sido lluvioso, y otros que no, que más bien había sido seco. Y hasta guerras se han desatado y nadie  sabría decir por qué.  De modo, que recibí el encargo dispuesta a cumplirlo cuando llegase el momento.

Un día helador del  mes de Enero me avisaron de la muerte de mi abuela. Cuando llegué en la estancia resonaban los mantras católicos, entonces, el hermano pequeño de mi padre con gesto cansado y más colorado que de costumbre, se levanto, se acerco y me dijo al oído: Con ella va  el retrato del abuelo Nericho. No respondí. Me quité los guantes y el  abrigo, alguien  señaló una silla, y me senté  a esperar. Como todos.

EL DON DE LA PALABRA

23 Ene
 
 
 
Después de leer a Antonio Orejudo y Celso Castro, intentar escribir-salvando las distancias-una sola línea, es para mí un reto dificilísimo de abordar.
 
Estos genios de la narrativa, me han dejado paralizada, sin ideas y sin palabras.  No sé si peco de atrevimiento diciendo que he tenido la impresión de que lo importante no es lo que cuentan, sino como lo cuentan. Desde una engañosa sencillez son capaces de integrar memoria, ficción, realismo, ironía y humor teñido de lirismo con una maestría difícil de igualar. Descubrirlos y leerlos es un lujo para las emociones.
 
Los recomiendo para quien quiera deleitarse a lo grande y así obviar por un tiempo ese murmullo incesante de sentencias, opiniones y pronósticos que nos abruman, y también -por qué no- descansar de nosotros mismos y de los demás.
 
 
 
 

LOS ALMENDROS FLORECERÁN EN PRIMAVERA

3 Ene
Charles-Chaplin-3

Cualquier político puede llegar a manifestar con tono solemne que es un verso suelto, que ya  han florecido los almendros o que mañana  lloverán toneladas de piedra  sobre nuestras cabezas. Si yo fuera capaz de decir eso sin inmutarme, seguro que saldría en los telediarios, hablarían de mí  en los papeles y hasta igual llegaba a ministra, sino a ministra por lo menos a alcaldesa de mi pueblo; pero no soy capaz,  ni  me sobrevienen a la cabeza ese tipo de ideas, ni en el lugar ni en el momento oportuno. Que digo, que si me han salido para escribirlas aquí, también podrían ocurrírseme para sacarles algo de  rendimiento, pero nada, que no soy avispada para pelear en este mundo. Además que me pasa algo  insólito y verdadero, que no lo cuento por contar, que es la pura verdad. Resulta  que cada vez que oigo o veo a un político, la cara y el cuello se me llena de granos y rojeces,”que me pica que me enciende”-  así es como lo dicen en pueblo de mi tía Tomasa-   Me arde de tal manera que a veces pienso que voy a convertirme en un cirio o una antorcha, dependiendo de la intensidad de la quemazón.

Hoy mismo, veintinueve de diciembre, mientras tomaba mi café mañanero, fiel a lo que está resultando ser una costumbre de fatales consecuencias, cojo el periódico con la cándida intención de echar un vistazo al mundo y he tenido que soltarlo, tal cual, como si hubiera tocado una brasa. El gesto  ha sido tan vigoroso y  fuera de control, que han volado por los aires el sombrero y las gafas de un señor junto con el café de su acompañante. A pesar de mis disculpas he podido observar que la gente me miraba con cierto reparo. Y es que allí, en primera página,  en la portada del diario veo el sueldo de reyes, presidentes y  ministros… y justo, debajo, en un recuadro pequeñito, la CSMI (congelación del salario mínimo interprefosinal) ¡Ay, Dios!  Que me lleno de sarpullido y echo a perder el planazo que tengo para esta  Noche Vieja. Y eso sí que no, que nadie se conoce como una misma, y sé que si me sumerjo con detalle en la lectura  corro el riesgo de pasarme la noche en urgencias teniendo que oír que seguramente alguna comida  me ha  producido ese tipo de reacción, y yo  sin poder señalar  de donde me vienen esos ataques eritamatosos.

Ahora que lo pienso, me pregunto cómo se me ha ocurrido contar semejantes intimidades,  pues  por razones obvias  no quería  tocar la política, ni los políticos, ni opinar, ni enjuiciar, ni dedicarles un solo minuto, pero ya puesta digo que sé de personas que de verdad son versos sueltos, desajustados, desprendidos, desubicados, desahuciados y sin rima posible. En cuanto a la tormenta  de piedras,  todo podría suceder. El director británico Ken Loach ya  habló de ese fenómeno en su magnífica película “LLoviendo piedras”.   Así pues,  visto lo visto,  yo sólo quiero  alimentar  la esperanza de que los almendros florezcan en primavera.