Archivo | octubre, 2011

LOS ZAPATOS IZQUIERDOS

31 Oct

Era el atardecer, ese momento en que la luz adquiere un color entre dorado y naranja. Yo le llamo momento naranja. Estos meses suele coincidir entre las siete y las ocho de la tarde. Pues bien. A esa hora salí camino de la Plaza de los Sitios cercana a mi casa. Acudo con frecuencia a  disfrutar de los primeros rayos de sol en primavera y de los últimos en otoño.

 Partiendo de  la Plaza de S. Miguel con su hermosa iglesia mudéjar del  siglo  XIV,  seguí unos metros por la calle del mismo nombre, e inmediatamente giré a la izquierda, para continuar por Allué Salvador – siempre elijo ese camino para curiosear y deleitarme con la tienda-galería «Por amor al arte»- dejé a mi espalda la  Casa Taller de Arte Cristiano Hermanos  Albareda en estado de semi-abandono, proyectada por Teodoro Ríos en 1939 

 Avancé por la calle   Balmes entre los laterales de dos edificios importantes: A la izquierda  la Escuela de Artes Aplicadas, obra del arquitecto Felix Navarro  construido en 1908  en conmemoración del Centenario de los Sitios, y a la derecha el  colegio Gascón y Marín  con su chaflán elíptico de estilo neorrenacentista.

Ya en  la Plaza,  busqué un banco  en un lugar  tranquilo y silencioso lejos del bullicio de madres, niños y perros con sus dueños.  Di unas vueltas y localicé uno  que parecía estar esperándome a mí. Efectivamente no esta ocupado, sólo una bolsa en la que podía leerse: “Calzado Artesano El Aristócrata” colgaba de uno de sus extremos. Imaginé que alguien pudo haberla olvidado.

               

Pasó un buen rato, se hacía tarde  y  la susodicha bolsa  seguía allí tirando de mí  como un imán. No pude resistir la curiosidad y la abrí.  Contenía un par de zapatos, color cardenal. Un color entre fucsia, morado y lila. Muy parecidos a los que suele llevar el Papa.   Estaban  sin estrenar y en la etiqueta decía:” hechos a mano”. El ticket de compra  marcaba cuatrocientos cincuenta euros.  Tenían una piel finísima, y estaban perfectamente rematados. Ya era noche cerrada, la plaza quedo desierta y decidí llevármelos. En  casa los miraba y  remiraba,  pues yo les veía algo extraño. Al fin dí con la rareza. Eran los dos del pie izquierdo..

Alguien que no conozca a nadie con una de las dos extremidades  inferiores repetida  pensará  que fue un error del vendedor  entregar los dos zapatos zurdos,  pero yo puedo decir- por muy llamativo que resulte- que tengo un amigo que en más de una ocasión se  levanta con los dos pies izquierdos, y sólo él sabe lo molesto que es. Me contó, que sin el calzado adecuado  al andar no puede evitar inclinarse al lado derecho, y que nunca llaga a donde realmente quiere ir, hasta tal punto le complica la vida  el problema de  los  pies, que un día fue a comprar el periódico y acabo dando la vuelta al mundo.  Mi  amigo nunca se pondría unos zapatos como los que yo me encontré, su estilo es mucho más sencillo, y por eso sé que no son suyos. No obstante, intentaré por todos los medios  encontrar  su dueño, para que sus pasos  vayan  por los caminos que él quiera ir, las  sendas por las  que desee transitar,  y lo conduzcan  a las ítacas que sueñe llegar.

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MALABARES

20 Oct

A pesar de haber vivido en un ambienten que podría considerarse  poco  propicio para la lectura, siempre recuerdo a mi abuelo y a mi padre con un libro en las manos. Así que no sé si por mimetismo o por qué razón mi gusto por la palabra escrita me viene de lejos.  A esta afición pronto se sumo otra: La música, y más  recientemente algo que muchos consideran una extravagancia: Los malabares. Al principio no fué fácil, pensé que no sería capaz dada mi naturaleza anárquica y poco disciplinada;  pero hoy, me considero una virtuosa de equilibrio y destreza con las pelotas y las mazas.

Me inicié en  esta disciplina  con la ayuda de Manuel, el hijo de mi amiga  Pilar. Manuel tiene veintidós  años, es guapo,  rastafari, y si la vida se presta  no deja de meterle mano. Además es goloso, por un dulce puedes pedirle lo que quieras. Se comprometió a darme clases a  cambio de una  tarta de tiramisu, que esta mal que yo lo diga, pero me salen de vicio.

Solemos jugar  dos días por semana, y casi siempre elegimos  uno de esos espacios que han dejado de ser un vertedero,  para convertirse  en un lugar de encuentro y recreo  bautizados con el nombre de “ESTONOESUNSOLAR».  Allí, mientras las mazas o las pelotas flotan, se  mueven, y bailan por el por el aire como si tuvieran vida propia,  yo,  descanso de la mía y echo a volar las dudas y emociones que a veces me atormentan.

LA CASA DE LA PLAZA

17 Oct

He cambiado de casa  varias veces a lo largo de mi vida,  pero sólo en una, en la casa donde nací-  la única que considero mi casa-   se desarrollan todas   las historias y fantasías que visitan  mis sueños. Pasado el tiempo he llegado a la conclusión de que allí quedaron algunos de mis paraísos perdidos.

Mi casa está en el corazón del Casco  Histórico,  en la misma  Plaza de S.  Pablo. Formaba y forma  parte  de un edificio pequeño, de no más de cuatro alturas.  En aquellos  años carecía de ascensor, y apenas cruzabas el umbral te dabas de bruces con una oscura y angosta escalera.  Excepto  los cuatro balcones que pertenecían a cada una de las viviendas,  tanto el color, el aspecto de la fachada como cualquier otro detalle digno de señalar,  se han borrado de mi memoria.

Los recuerdos, a veces se organizan en caprichoso desorden  que intento recomponer  pero que raras veces lo consigo, así pues,  salvo hablar de  humedad, de paredes desconchadas y  de un olor difícil de describir. -Ni malo, ni bueno- pero que reconocería “así  pasaran cien  años.” poco más puedo  decir,  Los bajos, eso sí que no lo he olvidado, estaban ocupados por una carnicería, y una  panadería.

Había un piso por planta. Nosotros vivíamos en el primero. El recibidor con su balcón mirando a la plaza, no medía  mas de catorce ó quince  metros  y hacía las veces de  comedor, salón y cuarto de estar.  En él confluían  el resto de  las habitaciones de  la casa.    Un baño diminuto donde nos aseábamos por parroquias, la cocina, no mucho más grande  pintada de un  verde rabioso que dañaba la vista  y  tres dormitorios. El de mis padres  tenía una puerta de doble hoja acristalada con visillos blancos de ganchillo y, no sé por qué razón  durante el día estaba permanente abierta de par en par.  El mío, que pasados unos años compartí  con mi hermana sustituyendo la simple cama por dos literas   y el de mi abuela, ten estrecho y abarrotado   que daba la sensación de que todo estaba metido con calzador,  destacaba  siempre un olor dulzón como a jazmín y tabaco. Mi abuela fumaba. Era una mujer de firmes convicciones, decía lo que pensaba y   nunca la importó lo que opinaran  los demás. Al regresar del colegio los días de frío tomaba mis manos entre las suyas para darles calor y me decía: “Hija, tú estudia, estudia mucho y no permitas que las monjas te metan  pájaros tontos en la cabeza”. Esta frase todavía permanece en la coctelera de mis recuerdos,  pero yo, en aquel momento  sólo necesitaba que alguien me sacara el frió del cuerpo.