Archivo | abril, 2011

NO TUVE VALOR

25 Abr

EL lunes llamó mi prima Matilde para que le acompañase a comprar el vestido de primera comunión de Sonia, su hija. Ya le dije que no, que no me gustan ni ver los vestidos de primera comunión ni los vestidos de novia. Está mal decirlo, pero lo voy a decir. Me parecen sudarios, con perdón, sólo falta que la novia se eche el velo por la cara que entonces sí que ya me da la sensación de que asiste a su propio entierro. Sin mucho mas que decir quedamos en El Grito a las ocho y nedia para tomar una cerveza.

Con Matilde  hemos compartido confidencias, amores, desengaños, el patio de mi casa, la gallinita ciega y el con flores a María del mes de mayo. Ella sabe que sin fundamento ninguno ni razones que las sustenten soy una mujer rica en manías y extravagancias, y aunque muchas veces me dice: » Marina, tú la cabeza no la tienes buena» estoy segura de que no va a tener en cuenta  esa filípica tan innecesaria como inoportuna que yo toda refitolera le solté.

Deseando olvidar el incidente, se me ocurrió que podía aprovechar la tarde para ordenar los armarios- que ni fuerzas tengo para describir su estado-Los armarios ¡Que barbaridad! Es de dominio público lo desagradecidos y rebrincados que son, pues aún no has cerrado la puerta y vuelven a su ser natural, es decir, todo órdago por el monte y manga por calcetín. Deseché la idea ipso facto. Otra opción que sopesé fue revisar antiguas fotos. No un albun de   fotos. No. Fotos amontonadas en una caja que con el paso del tiempo y el peso de los años se han ido acumulando. Habría demasiado polvo, pensé. Y todos sabemos lo que irrita y duele una mota de polvo en los ojos…

Al final,  sin dudarlo elegí mi ocupación favorita, esa a la que acudo cuando las emociones y las ideas van y vienen sin control  igual que botafumeiro en misa de peregrino.Esa ocupación no es otra que pelar borraja. Pelar borraja me aligera, me vacía la cabeza y descanso de mi propia vida, de la ya vivida y de la que me queda por vivir.

Entre unas cosas y otras la tarde se fue volando y tuve que salir de estampida a la cita con mi prima. Eran las ocho cuarenta cuando llegué al Grito. Como siempre a esa hora estaba super animado, de bote en bote. Acuden todos  los trabajadores de la zona y a la crisis que le den, que sólo se vive dos días y la mitad estamos durmiendo.

A Matilde debió de acompañarla su amiga Simona, pues cuando llegué estaban los dos sentadas en una mesa. Esto sí  que me dejó un poco descolocada. Simona es la amiga pija de mi prima, si hubiera sabido que estaba con ella me habría esmerado más en el arreglo, que cuando sé que va a venir  me paso dos horas delante del armario a ver qué me pongo, total para no acertar. A veces le doy un papel para que me apunte lo qué pega y lo qué no, pero dice que es cuestión de olfato, de mirar y observar, pues buena soy yo que no me entero nunca de nada, que cualquiera diría viéndome que me he fumado una plantación de hachís. Simona es muy fina, yo la veo estilizada como una libélula y armoniosa como cualquier sinfonía de Beethoven, lo único que le encuentro es que tiene poca conversación y que a mí no me hizo ningún bien conocerla, pues tengo ya  pocas dudas que desde que la conozco cargo con otra más,  y maldita la  falta que me hace romperme la cabeza con esa bobada de que si pija que si hortera, porque si yo quería titular mí blog «un saco de canicas» era porque no tuve valor para insistir en que lo que realmente se ajustaba a mí estado natural es  «un saco de dudas». Así que ahora ni saco, ni saquete, ni puñado. Tengo que apechugar con» punado» ¡Qué dónde se ha visto semejante cosa!

Todo vale

5 Abr

Domingo. Ayer puse el despertador a las nueve, pero son las diez y aquí sigo remoloneando sin decidirme a dejar de la cama. He pasado tanto sueño durante la semana que a punto estuve de perder el conocimiento pegada a una esquina.

Me sacudo la pereza, me levanto y veo que mi marido ha dejado una nota en la mesita del salón. Esta tarde iré a ver a su madre al hospital, y me encarga que le lleve el rosario de semillas de las hermanas del Santo Sepulcro, la botella de agua de Lourdes que tiene desde hace sieta años, la reliquia de Sor Angela de la Cruz y una carpeta azul donde guarda sus cartillas y documentos bancarios que justifican los ahorros de toda una vida.

Mi suegra se llama Virtudes, tiene ochenta y dos años, enviudo a los cuarenta  y desde que se caso hasta su jubilación trabajó en la verdulería. Todo en ella gira en torno a su hijo, sus rezos, sus achaques y el «que dirán». En cuento a devociones ha recorrido gran parte del santoral. Comenzó siendo devota del Cristo de Medinaceli, mas tarde y según su hijo entraba en esa edad peligrosa, camino de convertirse en tión dirigió sus preces a San Antonio y justo el día de nuestra boda sustituyó al Santo casamentero por Santa Rita. Sospeché que tras esta última devoción se ocultaba la idea de que su hijo y yo éramos una paraje imposible.

Qué nadie piense que critico o pongo en solfa los credos de mi suegra. Jamás lo haría. Ni los de mi suegra ni los e nadie. Yo misma-ignorada por el toque mágico de la fe – he  incorporado a mi vida una serie de ritos y conjuros que rescatados de un rincón de la memoria me ayudan a soportar  la realidad.

Hablaré solo de tres, aunque he establecido uno para cada día de la semana. El lunes la peonza, hago siete tiradas de peonza, ni una más ni una menos,  el martes rodar el aro alrededor de una fuente, tres vueltas, ni una más ni una menos y el miércoles  las tabas, cuatro manos de tabas, ni una más ni una menos. Tengo la seguridad de  que muchos pensaran que es une tontería, una aberración o sencillamente que en el manicomio los hay mas cuerdos que yo; pero he de decir que  siento como un manto protector que me envuelve y que nada malo puede pasar.

 Hay momentos, eso sí,  en los que no puedo evitar sentirme algo desplazada, extraña, hasta con un pellizco de tristeza. Ayer mismo. Tropecé con unos vecinos en la Avda. Goya, y sin yo preguntar, ni venir a cuento, como haciendo ostentación de un de acto que a mí me parece debería permanecer en la intimidad, me dicen: «que venimos de misa». Los miré, me contuve y le falto el estornudo de un gato que no salte:» pues yo de tirar la peonza». En estas circunstancias callo, sigo mi camino y como mi admirado Woody Allen , pienso que cuando hace frío fuera, la angustia nos inunda y el miedo nos atenaza, todo vale si la cosa funciona.